Aprender a renunciar a aquello que nos aleja de Él:
A veces pensamos que seguir a Dios consiste únicamente en recibir: recibir su amor, su gracia, sus oportunidades y sus bendiciones. Pero hay momentos en los que Dios también nos invita a soltar.
Y ahí comienza una de las partes más difíciles de la fe: renunciar a algo que queremos porque entendemos que nos está alejando de Él.
¿Por qué Dios nos pide soltar?
No todo lo que deseamos nos hace bien. Hay cosas que pueden parecer pequeñas, normales o incluso buenas, pero que poco a poco ocupan el lugar que debería tener Dios.
Puede ser una relación, una costumbre, una actitud, una ambición, una forma de vivir, una amistad o incluso una idea que tenemos sobre cómo deberían salir las cosas.
La pregunta que nos toca hacernos es:
¿Qué ocurre cuando algo que debería estar en nuestras manos comienza a ocupar nuestro corazón?
Jesús lo expresa con claridad:
«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24).
Renunciar no significa despreciarnos ni dejar de disfrutar la vida. Significa aprender a decir: “No quiero conservar esto si para hacerlo tengo que alejarme de Dios.”
Soltar no siempre significa perder
Aquí está una de las claves.
Cuando Dios nos pide soltar algo, nuestra primera reacción puede ser: “¿Y qué voy a ganar con dejarlo?”
Pero la fe nos enseña a mirar más allá de la pérdida.
Abraham tuvo que salir de su tierra sin conocer completamente el camino. Pedro tuvo que dejar sus redes para seguir a Jesús. El joven rico, en cambio, se marchó triste porque no pudo desprenderse de aquello que ocupaba demasiado espacio en su corazón.
¿Qué diferencia encontramos entre abandonar algo porque no lo queremos y renunciar a algo porque hemos descubierto que Dios vale más?
La renuncia cristiana no es un vacío. Es hacer espacio para algo mejor.
¿Cómo saber qué necesitamos soltar?
No todo sacrificio viene de Dios. Por eso no se trata de abandonar cosas impulsivamente, sino de discernir.
Podemos preguntarnos:
- ¿Esto nos acerca a Dios o nos acostumbra a vivir lejos de Él?
- ¿Nos ayuda a amar mejor o nos vuelve más egoístas?
- ¿Tenemos libertad sobre esto o sentimos que no podemos vivir sin ello?
- ¿Estamos defendiendo algo que sabemos que necesitamos cambiar?
Una buena señal es esta: cuando algo comienza a exigirnos que negociemos nuestros valores, nuestra relación con Dios o nuestra conciencia para conservarlo, probablemente necesitamos detenernos y discernir.
Una renuncia concreta
La fe se vuelve real cuando pasa de las ideas a las decisiones.
Por eso, en lugar de terminar diciendo simplemente “debemos soltar”, hagamos algo más concreto:
Pensemos como grupo en una cosa que muchas veces nos cuesta dejar, aunque sabemos que no nos ayuda a vivir como Dios nos llama.
Después preguntémonos:
¿Qué pequeño paso podríamos dar esta semana para empezar a soltarla?
No hace falta resolver toda la vida en un día. A veces la conversión comienza con una decisión sencilla, pero sincera.
Soltar para poder seguir
Jesús nunca llamó a sus discípulos únicamente a dejar cosas. Los llamó a seguirlo.
Por eso, cuando Dios nos pide soltar algo, la pregunta final no debería ser solamente:
“¿Qué estoy perdiendo?”
Sino:
“¿Qué espacio estoy dejando para Dios?”
Porque algunas cosas duelen cuando las soltamos precisamente porque llevaban mucho tiempo agarradas a nuestro corazón.
Pero cuando aprendemos a confiar, descubrimos algo fundamental: Dios no nos pide soltar para empobrecernos, sino para liberarnos de aquello que impide que caminemos plenamente con Él.
Y quizá hoy la oración más sincera que podamos hacer sea:
“Señor, si hay algo que estoy sosteniendo y que me está alejando de Ti, dame la valentía para soltarlo y la confianza para seguirte.”